Wednesday, July 26, 2006

El narrador


CIRCULO DE NARRATIVA 2 (2005)
Sello aBrace, ISBN 9974-663-79-2 - 64 páginas
Roberto Bianchi, Bertha Lucia Cano
Betty Chiz, Juan José Dupont,Agustina F. de Soler, Angélica García Santa Olaya, Cristina Harare, Mónica Marchesky , Sonia Otero, Pedro Recciutti, Lina Zerón

El Centro Toluquño de Escritores, México convocó al 4º Festival Interanacional de Cuento Breve. El Movimiento Cultural aBrace seleccionó a varios narradores uruguayos qu concordaron para publicar sus cuentos en este CIRCULO, compartido con los mexicanos.
(Edición bilingüe, español-portugués cuentos 2005) colectivo -

(U$S 10.- con envío incluido) Solicitarlo a abrace@internet.com.uy

UN PREMIO

Acta del jurado de "Cuento" deL concurso, que tuvo el apoyo de "La Casa de los Escritores del Uruguay."
ACTA.- En Motevideo, el 2 de abril de 2004, reunido el jurado de narrativa del Concurso Literario "20 Aniversario de AUDA", integrado por los escritores Milton Fornaro, Miguel Motta y Ana Vidal, ha resuelto por unanimidad lo siguiente:
1) Declarar desierto el Primer Premio en la Categoría Cuento.
2) Declarar desierta la categoría "Vivencias del Mercado"
3) Otorgar el Segundo Premio en la categoría cuento a "Un sombrero negro de alas anchas", Tercer premio a "A bordo el quimera" y Mención a "Huidizos ojos verdes".
Abiertos los sobres respectivos, resulta que el sdegundo premio corresponde al sr. Roberto Bianchi, seudónimo "Braulio Sicar", el Tercer Premio a José Chichiraldi, seudónimo "Perpiuñán" y la Mención a Nadal Vallespir Valín, seudónimo "Chueco".
Pera constancia de lo actuado, se labra la presente.
(El seudónimo Braulio Sicar pertenece al escritor Roberto Bianchi)

Un sombrero negro de alas anchas
Roberto Bianchi
(publicado en CIRCULO DE NARRATIVA 2)

A la memoria del poeta uruguayo Ángel Falco y de Ana Stotz

Ángel golpeó con fuerza sobre la mesa y un estruendo de aplausos coronó sus palabras. Acababa de declamar esos versos que había construido con la certeza que serían un estandarte, un credo. Las tertulias de los viernes en el Polo-Bamba eran una especie de escenario natural. Un espacio ineludible para los poetas que desafiaban la sociedad establecida y exhibían los frutos de sus ensoñaciones libertarias.

Tal vez no recordara después quiénes estaban esa noche en torno suyo, si Vicente, Roberto, el mismo Armando, pero fijó los ojos en Ovidio y recordó fugazmente cuando lo conociera en el Teatro Stella D’Italia. Fue la velada en que dijo el poema Al crujir de las horcas en homenaje a los Mártires de Chicago. Al terminar, Ovidio se le había acercado y tomándole de un brazo, le había dicho, fue un apóstrofe tremendo, mientras Ud. recitaba, invadió mi espíritu un escalofrío de tragedia...

¿Trayectoria triunfal o soledad de madrigal galante? Ángel no titubeaba en acercarse al oído de una dama con amoroso acento y florecido elogio, ni en pronunciar un brillante discurso en el Solís, en homenaje al poeta Julio Herrera y Reissig, recientemente fallecido, ni en exigirle justicia, parado sobre un banco de la Plaza Independencia al presidente Batlle, que estando en el balcón, le contestara: Unidos venceréis.

Deambulaba por la calle Sarandí, envuelto en una amplia capa negra que daba sugestiva imponencia a su andar. Una silueta original de mostachos mosqueteriles, abundante melena negra, cuello alto y sombrero de alas anchas. Participaba de largas discusiones doctrinarias, mientras sonaba de fondo el ruido de los dados, el chocar de los vasos y envolvían el aire las palabras y el humo de cigarros. A veces un rosa, un lirio o una orquídea en el ojal, un guindado en lo de Pedemonte, alguna cita en esquinas de faroles de gas, mientras pasaban las volantas y las damas con sus largos vestidos y sombreros de tules, escondían entre abanicos las miradas fugaces.
Esos tiempos de romanticismo, protestas y rebeldías triunfales le daban a Ángel el paso desafiante. Su vida era una sucesión de episodios agitados.

La mesa todavía temblaba con el golpe de su puño, cuando extinguidos los aplausos, se produjo un silencio profundo. Aquellos hombres lo miraban con admiración y respeto. Entre aedas, caballeros andantes, siendo la palabra en imprenta tan escasa, había dejado claro con su voz, que no hay doctrinas para la libertad sobre la tierra, pero se puede dejar la sangre en la huella de un poema.



Esa tarde Ángel había vuelto a pasar cerca de la muchacha. La había visto ya varias veces con el estuche de su violín bajo del brazo. Con aquellos tristes ojos grises, como extraídos de un día de lluvia, que le parecieron parte de una melodía. La misma tal vez que hizo parar a ambos un tiempo atrás en la calle Juan Carlos Gómez, frente al Cabildo, mientras -durante los carnavales- desfilaba una estudiantina de violines. Las notas entonces habían quedado trepidando frente a sus ojos que se cruzaron y que ella se apresuró a bajar, mientras redoblaba el paso. Él la siguió con la mirada, mientras la veía alejarse con sus padres hacia la calle Cerrito.
Pensó que seguramente estudiaría en el Conservatorio La Lira. Que tal vez una tarde la iría a esperar. Que era un ensueño verla. Que los adoquines de las calles y las baldosas de las veredas de la ciudad, eran simplemente un marco de artificio, para aquellos pasos que merecían sedas y jardines. Para aquella joven que había despertado su amor.
Juró que el soneto que escribiera en la tarde del primer encuentro, ella lo escucharía, y que cuando lo oyera, los ojos tristes se iluminarían de ternura.
No se animó a preguntarle tampoco ahora, pero supo que se llamaba Ana y que siempre sería Ana, aunque nunca supiera su nombre verdadero.


Ángel salió del Polo Bamba, envuelto en su capa negra y rodeado de los poetas compañeros. Héroes del “sarandismo” caminaron firme por la estrecha vereda. Iban contándose de retos a duelo y aventuras. Roberto exhibía sin pudor los orificios de bala en su chaleco, recuerdo de un marido celoso. Iban sin ver que las ventanas se habían cerrado y apagado sus luces. La hora tardía no hacía mella en aquellos jóvenes trasnochadores cuya insolencia era tantas veces criticada y denunciada por los vecinos y comerciantes. Ángel reía sonoramente y trataba de adivinar tras los visillos las caras de las dulces esposas, ardiendo de deseos presuntamente insatisfechos y languideciendo de amor por las estrofas de sus versos. Aquellos señores que encendían velas y rezaban plegarias, que las acompañaban a misa de 11 los domingos, no podrían nunca imaginar el fuego que despedían los ojos de sus mujeres, cuando lo veían pasar con sus compañeros por la puerta de sus casas.

Pero esa tarde Ángel había visto a Ana y ahora tenía su soneto dobladito en el bolsillo del chaleco. Cuando llegaron a la esquina del Cabildo cruzaron a la plaza y se sentaron en los bancos. La luz de luna llena pegaba entre los árboles e iluminaba las manos que desdoblaron la hoja de papel. El viento del sur, casi sin que lo notase, se la arrebató en el momento en que se la alcanzaba a Ovidio diciéndole, es un secreto propio de un amigo.
Ángel quiso retenerla en el aire, pero los remolinos en el espacio abierto, hicieron tomar vuelo al papel, testigo de sus delirios amorosos. Entonces la empezó a correr entre maldiciones y gritos, mientras su sombrero rodaba por el suelo.


El sábado por la mañana Ana salió rápidamente de su casa y caminó esas poquitas cuadras hasta la calle Sarandí. Pensaba que los brotes de las plantas eran dedos pequeños, muy sensibles, que empezaban a alzarse para alcanzar su cara. Que los trinos de los pájaros sobrevivientes a la civilización, internados en los edificios, creaban una melodía que ella jamás podría tocar en su violín.
La ciudad vieja de Montevideo se vestía con toda la energía de la creación artística los sábados. Contrastaba con la grisura de los otros días de semana de trajín bancario y comercial, tránsito de automóviles, ómnibus y todo tipo de ciclomotores, tejedores de una red intensa de otros intereses.
Llegó al Paseo Cultural cuando estaba en su esplendor. Metida en su vaquero, remangada su campera, buscó una vez más estar cerca de los poetas que leían en la calle. Le gustaba intercalar con ellos melodías, sin concertación determinada, envuelta en sus palabras.

De la mano del viento del sur, Ángel vivía uno de sus sueños utópicos ese sábado, en el centro de aquello que parecía ser un mundo imaginario. Una extraña gente exhibía sobre mesas, o directamente en el suelo, los objetos salidos de sus casas. Sin embargo no podía reconocer a esos mercaderes de ropas imposibles. Vendedores callejeros, que en vez de vocear frutas o pescados, velas o pasteles como siempre, ofrecían su mercadería en la Plaza Matriz y sus alrededores. Lo que era su loza, sus vasos, libros, vestidos y sombreros, estaban allí y no en los clásicos comercios donde se venden esas cosas. Esto amenazaba de muerte su cordura.
Escuchaba voces muy fuertes, demasiado, como saliendo de gargantas profundas. Y veía gente, gente en todas partes, distinta, indescriptible, inmersa en aparatos nunca vistos.
Caminó entre ellos y nadie lo miraba. Podía tocarlos que permanecerían indiferentes. El viento lo empujaba todavía, apuraba su paso, levantaba su capa por los aires.

Entonces la vio. Sabía que era Ana, pero tan distinta...Primero escuchó la melodía. Era sin duda aquella melodía. La misma que los hizo parar juntos una noche, mientras desfilaba una estudiantina de violines. Sabía que era Ana que la ejecutaba dulcemente. Eran sus manos que elevaban el arco, que pulsaban las cuerdas en medio de la calle. Ana arrancaba aquellas notas más allá de sus conocimientos. Una melodía perturbadora y fugaz.
Cerca escuchó voces poéticas. Hombres y mujeres alternaban indistintamente sus lecturas de textos desconocidos, que sin embargo sonaban entre extraños y habituales, con un ritmo roto de rimas raramente construidas y a veces inexistentes, frente a una librería con enormes vidrios y pinturas, con un cartel que rezaba: Museo Torres García.


Ana acompañaba las lecturas que realizaban los poetas, pasándose un micrófono de mano en mano mientras mostraban sus libros, en una especie de ágora semicircular.
Entre las voces que encendían la sangre, Ana creyó escuchar un texto de otros tiempos, un soneto desnudo como un ángel. Velos de ternura que acariciaba su memoria, con un dejo de intimidad, que se desnudaba por los parlantes. Los mismos poetas que se buscaban las miradas, se asombraron escuchando aquel texto que sonaba en una voz inesperada, altisonante, heroica. Una voz inexplicable. Se miraron y gesticularon interrogándose sobre la procedencia y autoría de los versos que nadie reconocía como propios.

Ni los magos, bailarines, malabaristas, músicos y artesanos, por una parte, ni la corriente de público que vestía la calle Sarandí, podían adivinar que entre ellos anduviera esa figura impresionante, envuelta en una capa desplegada.

Ana aún tocaba la melodía sin saber cómo se enhebraba con sus manos, cuando sintió la ráfaga imponente, el remolino que envolvió su cuerpo, amenazando su equilibrio.
Cuando abrió los ojos que mantenía entrecerrados escuchando poema y melodía, descubrió a sus pies, casi sin asombro, un antiguo sombrero negro de alas anchas.

Ángel Falco: una mirada retrospectiva

Sabido es que cuando jóvenes lo cuestionamos todo. También que de adultos calificamos esas actitudes tan normales, como atrevimientos, irreverencias, desobediencias, en el mejor de los casos. En general son los padres quienes reaccionan contra esos pecados, pero no por eso se debe desconocer que los muchachos, entre irónicos y desaprensivos, alientan esas rupturas casi incontenibles.
Luego, cuando vamos creciendo vemos que aquellas palabras que nos fueron dichas, aquellos consejos que se nos dieron, no eran tan absurdos, y que si bien la realidad muchas veces los tornó ridículos, en otros casos se trataba de razonamientos basados en las experiencia y por eso válidos, al margen de la mayor o menor calidad del discurso. En tal caso, volvemos a las fuentes y nos acercamos nuevamente a los mayores.

En aquellos sesenta en que éramos más jóvenes, habíamos coincidido con una de las más revolucionadas épocas del siglo que hace poco expiró. En primer término, los inventos, (miremos sólo a título de ejemplo la forma de grabar sonido e imágenes, que permitían una extensión en las comunicaciones siempre bien dirigidas a defender ciertos intereses. Miremos las grandes concentraciones de capital en expansión que nos invadían). Después, como suele ser en esta tierra y sus habitantes, la lenta y parsimoniosa recesión que se instalaba, empezó, luego de la 2ª guerra mundial, a destruir al Estado protector y obviamente generaba descontento y crisis. En tercer término y no por eso tal vez lo menos importante, lo ideológico, que rompía los viejos esquemas con acciones directas de toda índole, presuntamente olvidadas durante medio siglo de mediano bienestar.

En ese entorno, por una de esas grandes y maravillosas casualidades que siempre nos asombran, tuvimos la oportunidad de conocer a un hombre especial, que en este ámbito se le recuerda y estima por sus obras y por sus formas. Un hombre cuya sola presencia podía cambiar sustancialmente concepciones y trepidar los andamios más firmes. No tiene sentido en estos breves recordatorios hablar para nada de su trayectoria, seguramente conocida por todos los presentes y que por otra parte está labrada en la historia de nuestra literatura, aunque seguramente sin el color que tendría que portar. No olvidemos que la puja generacional no perdona y siempre está presente el parricidio hacia nuestros predecesores.

En ese medio y gracias a una circunstancia por demás positiva, llegamos además de conocer, a poder admirar muy de cerca a Don Angel Falco. La querida Nelly nos conoció también entonces y puede atestiguar cuanta devoción pusimos todos, en escuchar a ese viejo inteligente, que nos daba una poética sustancial, por encima de las escuelas y modismos literarios que por allí iban asomando. Porque Falco nos transmitía un concepto de libertad que no era el liberalismo de la Constitución y la Ley. No era el que convenía a los mercados para que cada uno hiciera lo que quería o mejor dicho lo que pudiera. No era tampoco que salvajemente nos sintiésemos dioses destronados. La libertad que nosotros entendimos de Falco era la de conciencia, la del humilde y perseverante sabio que tras kilómetros de escritura redoblante, reconocía al indio en la forma de la piedra, al héroe, en su valor al servicio de los pueblos, y al poeta en su diálogo permanente con la luz en su versión cósmica, desde donde con seguridad, nos sigue dando la línea.

Por supuesto, y como antes decía, llegó el momento en que la rebeldía que él mismo nos enseñara, nos puso de frente, tal vez, él no lo llegó a sentir, lo más probable es que únicamente percibiera los conceptos de nieto querido, que supo poner en alguna dedicatoria que me hiciera en sus libros. Pero lo que yo tuve entonces, fue una discrepancia al principio táctica y luego estratégica en lo literario, pero fundamentalmente en las concepciones de la lucha por una sociedad más justa, que nunca vulneró las formas del cariño, pero que sirvió para llevarme a otras sendas. Seguramente opté por poner distancia, aunque esa sombra luminosa había quedado estampada para siempre en mi camino.

No pude presenciar los discursos grandilocuentes de otra época, no pude acompañar su estampa mosqueteril, ni sus duelos y amores, pero traté oportunamente de imaginarlos y plasmarlos en alguna página. Pude sí, recibir su herencia de ser libre y en eso estamos. Cuando repaso aquellas horas que no se olvidan, sigo creyendo que este país le debe a tantos de sus brillantes creadores, el reconocimiento esencial que hay que guardar si se pretende, como dijera siempre el insigne Ángel Falco: erguir y verticalizar los horizontes.

Roberto Bianchi, mayo de 2006

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